Roma
Son Catlar conserva un depósito de armas y útiles romanos junto a una puerta sellada
El cierre de una puerta de Son Catlar, en Ciutadella, dejó enterrado un conjunto de objetos militares romanos. La campaña de julio de 2021 recuperó proyectiles, puntas de flecha, cuchillos, instrumental quirúrgico y una espátula de bronce, fechados hacia el año 100 a. C.

La intervención del Instituto Universitario de Investigación en Arqueología y Patrimonio Histórico retomó los trabajos después de la interrupción de 2020 por la pandemia. El equipo examinó la puerta en codo, un acceso diseñado para obligar a cambiar de dirección al atravesar la muralla. Su configuración se relaciona con soluciones defensivas del mundo púnico, anteriores al dominio romano de la isla.
Fernando Prados, director del proyecto Modular, propuso interpretar el depósito como parte de las prácticas protectoras realizadas al clausurar el paso. La conservación y la colocación de los materiales sustentaban esa lectura. Su posición ayudaba a reconstruir el cierre.
HeritageDaily situó la propuesta en el marco del valor religioso de las puertas para los romanos, asociado en ocasiones a Jano. El estudio del depósito de Son Catlar no identificaba un culto concreto a esa divinidad.
El poblado de origen prehistórico conserva todo su perímetro amurallado, de casi un kilómetro. Su larga utilización, hasta época romana, permite observar cómo una misma defensa recibió reformas y cambios de función. La noticia sitúa sus antecedentes en la Edad del Bronce.
Una puerta que obliga a girar
La puerta en codo de Son Catlar se abrió en el frente occidental de una muralla anterior. El estudio de Fernando Prados Martínez, Helena Jiménez Vialás y Octavio Torres Gomariz, publicado en Gladius en 2021, reconstruye esa transformación mediante los muros, los niveles de circulación y los materiales recuperados. El acceso no nació al mismo tiempo que todo el recinto.
Su trazado tenía consecuencias defensivas concretas. Un parapeto ocultaba el vano desde el exterior, mientras el giro dificultaba una entrada directa y el uso de un ariete. Los investigadores lo interpretan como un paso secundario protegido, no como la puerta principal del poblado. La anchura inferior a dos metros también condicionaba el tránsito.
La clausura posterior dejó otras huellas: un muro bloqueó el paso y se apoyó sobre elementos anteriores. Esas relaciones ordenan la construcción, la utilización y el abandono del acceso, y documentan los cambios de función de la defensa.



