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Neolítico

El Mirador documenta un episodio de canibalismo entre comunidades del Neolítico final

Un estudio presentado en agosto de 2025 identifica al menos once víctimas, de distintas edades, consumidas hace unos 5.700 años. Los investigadores relacionan el episodio con un posible conflicto entre grupos de agricultores y ganaderos.

· Fecha de la fuente: · Fuente: IPHES-CERCA
Excavaciones de Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, fotografiadas en 2008
Excavaciones de Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, fotografiadas en 2008. Imagen de contexto regional paleolítico; no muestra El Mirador ni el episodio neolítico estudiado. Mario modesto , edited by Fir0002. Public domain. Fotografía optimizada sin recorte.
En este artículo
  1. Restos tratados en un intervalo breve
  2. Una hipótesis de violencia entre grupos
  3. Dos episodios distintos en una misma cueva
  4. El Mirador y los cambios de uso de las cuevas de Atapuerca
  5. Fuentes consultadas

Los huesos humanos de la cueva de El Mirador, en la sierra burgalesa de Atapuerca, conservan marcas de corte, fracturas para extraer médula, huellas de cocinado y señales de dientes humanos. Un equipo encabezado por el IPHES-CERCA ha reconocido esos tratamientos en restos correspondientes a un mínimo de once personas, entre ellas niños, adolescentes y adultos.

La investigación, publicada en Scientific Reports y presentada por el instituto el 7 de agosto de 2025, sitúa el episodio en el Neolítico final. Los autores interpretan el consumo como parte de un posible enfrentamiento entre comunidades campesinas. La explicación se apoya en la combinación de tratamientos de los cuerpos, cronología y procedencia de los individuos.

Palmira Saladié, investigadora del IPHES-CERCA y de la Universitat Rovira i Virgili, encabeza el trabajo. Participan también Francesc Marginedas, de las mismas instituciones, y Antonio Rodríguez-Hidalgo, del Instituto de Arqueología de Mérida, centro mixto del CSIC y la Junta de Extremadura, e investigador asociado al IPHES-CERCA.

El estudio se integra en una línea interdisciplinar sobre antropología forense, prácticas funerarias y violencia prehistórica del proyecto de Atapuerca, con financiación del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades.

Restos tratados en un intervalo breve

Los materiales de dos sectores de la cueva conservan modificaciones superficiales que permiten estudiar desollado, descarnado, desarticulación y roturas para acceder al interior de los huesos. El análisis tafonómico reúne esas marcas y las huellas de cocción como fundamento de la interpretación de consumo humano.

Las dataciones por radiocarbono sitúan el episodio entre 5.700 y 5.570 años antes del presente, en la última fase de ocupación neolítica de la cavidad. Inmediatamente después, el espacio pasó a un uso sepulcral.

El análisis de isótopos de estroncio indica una procedencia local para las personas estudiadas. Los investigadores proponen que el consumo ocurrió en un intervalo muy corto, quizá de unos días. Esa concentración temporal es uno de los argumentos que utilizan para distinguir el episodio de una práctica funeraria prolongada.

Según Marginedas, las evidencias encajan mejor con una acción violenta entre comunidades que con una tradición de tratamiento de los muertos o una respuesta a una hambruna extrema. El equipo tampoco reconoce indicios visibles de ceremonias asociados al consumo. Estas interpretaciones se refieren al conjunto analizado y no identifican por sí mismas a los responsables del episodio.

Una hipótesis de violencia entre grupos

Los autores plantean que las víctimas pudieron pertenecer a un grupo familiar eliminado en un conflicto. La composición por edades es compatible con esa propuesta, aunque el estudio comunicado no acredita vínculos de parentesco mediante ADN. También consideran enfrentamientos entre comunidades vecinas o entre población local y recién llegados.

Rodríguez-Hidalgo relaciona la interpretación con casos etnográficos y arqueológicos en los que sociedades poco estratificadas consumieron a enemigos como forma extrema de eliminación. Saladié recuerda que el canibalismo es una conducta difícil de explicar: reconocer su práctica en los huesos no permite reconstruir automáticamente sus motivos.

El equipo compara el contexto de violencia con matanzas neolíticas de Talheim, en Alemania, y Els Trocs, en Huesca. En El Mirador se añade evidencia de consumo sistemático de las víctimas. Para la asociación entre conflicto y canibalismo señala paralelos de época semejante en Fontbrégoua, Francia, y Herxheim, Alemania.

Los paralelos amplían la discusión sobre las marcas y el tratamiento de los cuerpos de El Mirador, con las diferencias de cada registro. A partir de esos datos, los investigadores proponen la eliminación de un grupo rival y una función social para el consumo.

Dos episodios distintos en una misma cueva

El Mirador ya había proporcionado evidencias de canibalismo de la Edad del Bronce, datadas entre 4.600 y 4.100 años antes del presente. El nuevo estudio identifica un episodio anterior y separado, del final del Neolítico. La repetición de estas prácticas en momentos diferentes permite examinar cambios en el tratamiento de los cuerpos y en su relación con la muerte.

Saladié considera la cavidad una referencia para estudiar el canibalismo de la prehistoria reciente por sus dos episodios separados. Las explicaciones culturales o rituales se examinan en el contexto específico de cada uno, neolítico o de la Edad del Bronce.

La investigación ha recibido apoyo del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades y del Fondo Social Europeo mediante proyectos de investigación y una ayuda Ramón y Cajal. Se suman financiación de la Generalitat de Catalunya, recursos de la Universitat Rovira i Virgili y la acreditación de excelencia María de Maeztu gestionada por la Agencia Estatal de Investigación.

El Mirador y los cambios de uso de las cuevas de Atapuerca

Dentro de los yacimientos de Atapuerca, en Burgos, El Mirador conserva una secuencia de la prehistoria reciente con ocupación, actividad ganadera y tratamiento de restos humanos. Esas etapas son distintas del registro paleolítico de otros enclaves de la sierra.

El episodio de entre 5.700 y 5.570 años antes del presente se sitúa al final de la ocupación neolítica, antes del uso sepulcral de la cavidad. La posición de los restos permite relacionar las prácticas de ese periodo y diferenciarlas de las fases funerarias posteriores.

El consumo humano de la Edad del Bronce corresponde a otro episodio, más reciente y separado. La excavación y las dataciones permiten comparar sus modificaciones óseas y contextos con los del Neolítico, dentro de una secuencia con diferencias de cronología, depósito y tratamiento de los cuerpos.

Fuentes consultadas

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