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Edad Media

El lapislázuli en los dientes de una mujer medieval apuntó a su trabajo con manuscritos

Unas partículas azules conservadas en el sarro de una mujer medieval aportaron en 2019 una evidencia poco habitual sobre el trabajo femenino en la producción de libros. El pigmento era lapislázuli, materia prima del costoso azul ultramar, y su distribución sugería que había llegado a la boca mientras la mujer pintaba manuscritos.

· Fecha de la fuente: · Fuente: Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana
Jardines del conjunto monástico de Dalheim
Jardines del conjunto monástico de Dalheim. Imagen de contexto de un complejo posterior; no muestra la excavación ni a la mujer investigada. Marc Ryckaert (MJJR) · CC BY 3.0 · Fuente de la imagen. Reducida y convertida a WebP, sin recorte.
En este artículo
  1. Dalheim y los talleres femeninos de manuscritos
  2. Fuentes de la noticia
  3. Fuentes del contexto patrimonial

La investigación, publicada el 9 de enero en Science Advances, partió de restos del cementerio asociado a una comunidad religiosa femenina de Dalheim, en Alemania. Participaron especialistas del Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana y de la Universidad de York, junto con historiadores y otros investigadores. El equipo vinculó el pigmento conservado en el cuerpo con una posible actividad artesanal; la mujer seguía sin obra ni firma identificadas.

Identificada en el estudio como B78, la mujer habría muerto entre los 45 y los 60 años y su cronología se situaba alrededor de los siglos XI y XII. El esqueleto no mostraba lesiones o patologías que explicaran por sí mismas una trayectoria singular. Fue el análisis del cálculo dental el que reveló numerosos puntos azules, distribuidos por distintos depósitos y no concentrados como cabría esperar de un único contacto accidental.

El cálculo se forma al mineralizarse la placa dental. Durante ese proceso puede atrapar partículas que entran en la boca y conservarlas durante siglos. Su estudio se había utilizado sobre todo para investigar alimentación, pero también puede registrar exposición a materiales del entorno y del trabajo. En este caso, la cantidad y dispersión de los granos impulsaron un examen específico del pigmento, en lugar de considerarlos una contaminación sin relevancia.

Anita Radini y Monica Tromp, primeras autoras del trabajo, combinaron observaciones microscópicas con técnicas espectroscópicas, entre ellas el análisis de rayos X por dispersión de energía y la espectroscopia micro-Raman. La convergencia de las pruebas permitió identificar lazurita, el componente azul del lapislázuli, y distinguirla de otros pigmentos que podrían ofrecer un color parecido a simple vista.

El análisis reconoció además flogopita, un mineral que puede acompañar a la lazurita en la piedra. Esa asociación reforzaba la identificación del lapislázuli y mostraba la utilidad de examinar también las partículas sin color que aparecían junto al pigmento.

Las investigadoras evaluaron distintas vías de incorporación: manipular materias primas, ingerir una preparación medicinal o utilizar el pigmento al pintar. La presencia repetida en diferentes zonas favorecía esta última explicación. Según su hipótesis, afinar con los labios la punta de un pincel habría introducido pequeñas cantidades de color en la boca una y otra vez.

La identificación tenía consecuencias históricas porque el ultramar no era un material corriente. Procedía del lapislázuli de Afganistán y llegaba a Europa mediante intercambios de larga distancia. Su preparación exigía conocimientos especializados y su valor lo reservaba para obras de gran prestigio, junto a materiales como el oro y la plata. Alison Beach, historiadora de la Universidad Estatal de Ohio, relacionó su utilización con artesanos a quienes se confiaban encargos especialmente cuidados.

Michael McCormick, de Harvard, situó el hallazgo dentro de las redes que conectaban Asia con el Mediterráneo y Europa, a través de centros comerciales como Egipto y Constantinopla. El itinerario concreto de la porción de pigmento empleada en Dalheim seguía por determinar. La distancia entre el origen de la piedra y el lugar de enterramiento mostraba la amplitud de los intercambios en los que podía participar una comunidad rural.

El conocimiento de aquel monasterio es fragmentario. Su fundación exacta se desconoce, aunque se ha propuesto una comunidad femenina desde el siglo X. La documentación escrita conservada comienza en 1244 y se ha estimado que alojó alrededor de catorce religiosas antes de un incendio en el siglo XIV. Los restos estudiados permiten investigar una etapa que no queda descrita con igual detalle por los documentos.

El resultado cuestionaba además la identificación automática de los talleres de manuscritos con un trabajo exclusivamente masculino. Muchos copistas e iluminadores no firmaban, y la escasez de atribuciones femeninas puede reflejar problemas de conservación y reconocimiento documental. El pigmento de Dalheim aportaba un indicio del trabajo de una mujer allí donde faltaba una firma, en un oficio cuya participación femenina resulta difícil de cuantificar.

Christina Warinner destacó esa posibilidad de recuperar actividades poco visibles mediante el estudio de los cuerpos. La mujer de Dalheim seguía sin nombre y sin obra identificada, pero el pigmento aportaba una evidencia independiente de los testimonios escritos. El hallazgo abría también una pregunta para otros cementerios: qué trabajos podrían dejar rastros microscópicos reconocibles sin producir marcas evidentes en el esqueleto.

Dalheim y los talleres femeninos de manuscritos

El cementerio de Dalheim se encontraba junto a una iglesia dedicada a san Pedro, cuyos orígenes se remontan al siglo IX. Las excavaciones realizadas entre 1988 y 1991 recuperaron los restos de una comunidad de la que apenas se conservan testimonios escritos. La desaparición del monasterio medieval contribuyó a borrar también las huellas de sus libros y de las personas que los elaboraron.

La documentación de Lippoldsberg, unos setenta kilómetros al este, ofrece un ejemplo regional del trabajo femenino con manuscritos. El estudio de Science Advances recoge correspondencia del siglo XII entre el religioso Sindold, de Reinhardsbrunn, y aquella comunidad de mujeres. En ella aparece un encargo a una hermana identificada como N para realizar un libro litúrgico de cuidada ejecución.

El suministro de pergamino, cuero, pigmentos y seda muestra la variedad de materiales que exigía ese trabajo. Las cartas de Lippoldsberg documentan un encargo concreto, mientras que el pigmento de Dalheim apunta al posible oficio de B78. Ambos testimonios sitúan la producción de libros en el entorno de las comunidades religiosas femeninas de la región.

Fuentes de la noticia

Fuentes del contexto patrimonial

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