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Roma

Caraca documenta un gran recinto romano para piras funerarias

El estudio de un ustrinum de Caraca, junto a Driebes (Guadalajara), describe un recinto romano de unos ochenta metros cuadrados destinado a cremaciones. Dos fosas, restos humanos y objetos sometidos al fuego permiten investigar un ritual funerario del siglo I de nuestra era. Se desconoce la identidad de las personas incineradas.

· Fecha de la fuente: · Fuente: El País; Anas
Ruinas de la ermita de la Virgen de la Muela sobre el entorno de la antigua Caraca
Cerro de la Virgen de la Muela, fotografía de Camuskendar, Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0. Vista del entorno de Caraca; no muestra el recinto funerario excavado.
En este artículo
  1. Objetos quemados y lectura del ritual
  2. Una ciudad y su espacio funerario
  3. Fuentes consultadas

El Cerro de la Virgen de la Muela, junto al Tajo, tuvo un asentamiento carpetano antes de la ciudad romana de Caraca. Se conocen hallazgos del lugar desde los siglos XVI y XX: los depósitos de plata aparecidos en 1597 y 1945 son antecedentes separados por siglos del uso del crematorio. El de 1945 reunía lingotes, torques, fíbulas, brazaletes, anillos y monedas del siglo III a. C. La antigua Caraca se situaba entre Complutum y Segóbriga y aparece en noticias sobre la campaña de Sertorio del 77 a. C.

El geógrafo Ptolomeo y el llamado Anónimo de Rávena mencionaron la ciudad, pero las referencias textuales no bastaron para fijar su emplazamiento. La investigación arqueológica de 2016 consolidó su identificación con el cerro de Driebes. Georradar y vuelos de dron ayudaron a reconocer la trama de calles, el foro y un acueducto de unos tres kilómetros. La ciudad ocupaba unas ocho hectáreas organizadas en veintisiete manzanas.

A las afueras, al borde del camino de entrada y junto a la vía entre Complutum y Cartago Nova, se detectó en 2021 un edificio funerario, excavado en 2022 y descrito en el estudio difundido en diciembre de 2023. Era rectangular, de unos ocho por diez metros, con muros cercanos al metro de grosor y sin cubierta conocida. La labranza destruyó parte de la estructura, pero se conservó una gran mancha de ceniza y dos fosas de alrededor de dos metros y medio. Los autores subrayan las dimensiones excepcionalmente amplias del recinto en comparación con otros ejemplos conocidos.

Los investigadores proponen que allí se celebraron al menos dos cremaciones humanas. Los huesos que permanecieron en el lugar pudieron ser restos no recogidos tras apagar las piras. El promotor y el número total de ceremonias seguían desconocidos.

Objetos quemados y lectura del ritual

Entre los materiales hay vidrio deformado por el calor, cerámica romana común y pintada de tradición indígena, clavos de hierro, madera y adobe quemados, además de ungüentarios. La exposición al fuego se estimó entre 300 y 700 grados. También aparecieron restos de animales quemados —águilas, palomas, gallos, vacas, cerdos y ovejas— que el equipo relaciona con prácticas funerarias por su asociación con la ceniza de la pira.

Emilio Gamo y sus colegas proponen que las personas incineradas pertenecían a un grupo destacado por la escala y posición del recinto, en un acceso visible desde el norte. Las propuestas se apoyan en el contexto arqueológico, todavía sin nombres ni rango social conocidos por inscripción. El área conservó también materiales de ocupaciones anteriores al ustrinum romano.

Gamo relaciona la garra de águila con Júpiter y con la imagen de un ave liberada en funerales imperiales, una analogía que no prueba que en Caraca se repitiera esa ceremonia. La cerámica reúne hasta 559 fragmentos de distinta cronología; catorce piezas de sílex y materiales carpetanos reflejan fases anteriores del cerro. Los clavos pudieron pertenecer a las parihuelas de traslado de los difuntos desde la ciudad, a unos 170 metros, según la interpretación del equipo.

La interpretación de los huesos requiere distinguir cremación y enterramiento final. El País recoge la explicación del equipo: después de apagar la pira con agua y vino se seleccionaban fragmentos óseos para depositarlos en una urna; una parte podía permanecer mezclada con ceniza y residuos del suelo. Por eso la identificación de restos de al menos dos personas no significa que las dos tumbas estuvieran dentro de las fosas excavadas. Los ungüentarios indican el uso de sustancias aromáticas o de aseo en la ceremonia, sin que se conozca el contenido concreto de cada recipiente. La cerámica pintada de tradición indígena documenta la convivencia de objetos locales y romanos en el recinto.

Una ciudad y su espacio funerario

Caraca creció sobre un lugar ocupado antes de Roma y se extendió en una trama de varias manzanas. El recinto exterior conecta las prácticas funerarias con los caminos y accesos urbanos. En el ritual descrito por el equipo, las piras y el depósito final de los huesos correspondían a lugares distintos.

El ustrinum conserva una mezcla de tradición material local y romana que ayuda a observar cambios culturales en el siglo I. Su lectura exige distinguir las fases del cerro, alteradas además por el cultivo. La fotografía de las ruinas de la ermita sitúa el entorno de la antigua Caraca, pero no muestra la estructura funeraria descrita por la publicación arqueológica.

La proximidad a una vía explica por qué el recinto podía ser visible para quienes llegaban a la ciudad. Su emplazamiento aporta información sobre la dimensión pública de la ceremonia. La erosión agrícola y las ocupaciones anteriores obligan a separar el suelo de combustión romano de materiales residuales más antiguos.

Fuentes consultadas

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