Megalitismo
La sequía de 2019 devolvió a la vista el dolmen de Guadalperal
La bajada del agua en el embalse de Valdecañas dejó visible en el verano de 2019 el dolmen de Guadalperal, en Cáceres. La reaparición del monumento abrió un debate sobre su conservación y sobre la conveniencia de trasladarlo, mientras los arqueólogos advertían de que no se trataba de un yacimiento recién descubierto.

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La noticia difundida por Euronews el 28 de agosto relacionó la exposición de las piedras con la sequía. Tras quedar bajo las aguas durante la construcción y puesta en funcionamiento del embalse en la década de 1960, el conjunto volvió a mostrarse sin cubierta. Esa imagen propició comparaciones con Stonehenge, pero esa semejanza visual no describe correctamente la arquitectura ni la función del monumento extremeño.
Guadalperal era una construcción funeraria megalítica con cámara, corredor y un túmulo que envolvía la estructura. Primitiva Bueno-Ramírez subrayó que las piedras hoy visibles no equivalen a un círculo levantado para permanecer abierto. El aspecto del conjunto es resultado de su historia de excavación y de las transformaciones posteriores, además de las pérdidas sufridas durante su permanencia en el embalse.
Bueno relacionó la orientación con el paso de la luz solar y recordó los grabados que estudió en los años noventa. La crónica atribuía al dolmen una cronología entre 4000 y 2500 a. C., pendiente de precisión arqueológica.
El debate público se concentró también en una piedra decorada. Ángel Castaño, de la asociación Raíces de Peralêda, propuso que su trazo sinuoso pudiera representar el Tajo y servir como referencia de pasos del río. Bueno-Ramírez defendió una lectura distinta, relacionada con una figura serpentiforme y con motivos conocidos en el arte megalítico. Ambas interpretaciones discrepaban sobre el significado del grabado.
La asociación reclamó medidas ante las grietas y el deterioro del granito y promovió el traslado del conjunto fuera del alcance del agua. Los especialistas señalaron que cualquier intervención debía partir de una documentación arqueológica precisa: desmontar y reconstruir el monumento podía alterar las piezas y las relaciones espaciales entre ellas.
La documentación científica posterior permite precisar qué se investigó durante aquella exposición. Un trabajo de Enrique Cerrillo-Cuenca y sus colaboradores, publicado en 2021, describió el registro realizado en 2019 mediante escáner láser terrestre, fotogrametría y técnicas de detalle para las superficies decoradas. La combinación produjo modelos del terreno, de la arquitectura y de elementos concretos, con los que comparar posiciones y alteraciones.
Ese estudio revisó además la excavación de Hugo Obermaier entre 1925 y 1927. Durante aquellos trabajos se retiraron los materiales del túmulo y se dispusieron en torno a la estructura; también se realizaron reconstrucciones. Las fotografías contemporáneas muestran un conjunto transformado por esas intervenciones, cuya disposición difiere en parte de la que tuvo durante el uso prehistórico del sepulcro.
Las propuestas cronológicas de Guadalperal distinguen fases anteriores al monumento, su etapa megalítica y materiales campaniformes. El trabajo de 2021 señalaba que esa secuencia seguía por confirmar. Las fechas absolutas de otros dólmenes del Tajo situaban la comparación en un paisaje de larga duración, mientras que la datación de las estructuras de Guadalperal permanecía abierta.
Cerrillo recordó en 2019 otros dólmenes inundados, como los de Guadancil, aguas abajo. Los grandes monumentos podían estar acompañados por sepulcros menores, dentro de un paisaje de comunidades establecidas junto al río y sus afluentes. Investigar Guadalperal permitiría conocer mejor ese territorio, todavía poco estudiado. Bueno vinculó además el interés por estos restos con la historia de los primeros agricultores y metalúrgicos del suroeste peninsular. La documentación digital ofrece una base para observar cambios posteriores del conjunto.
Los sepulcros megalíticos del Tajo
Guadalperal pertenece a un paisaje funerario que incluye otros monumentos de la cuenca del Tajo. El estudio de Cerrillo-Cuenca y sus colaboradores compara el conjunto con Navalcán, Azután y la necrópolis de Guadancil. Sus diferencias de arquitectura, emplazamiento y cronología ayudan a comprender una tradición más amplia que un único dolmen.
Navalcán y Guadancil también quedaron afectados por embalses. Azután, que no está inundado, conserva una cámara construida con grandes losas y proporciona dataciones para investigar el megalitismo regional. La presencia de sepulcros cerca del río y de sus afluentes relaciona ese patrimonio con los paisajes habitados y recorridos durante la prehistoria.
Cada monumento conserva una secuencia propia de construcción y uso, documentada a través de sus materiales y su arquitectura. Los embalses añadieron una transformación contemporánea compartida por varios enclaves y nuevas dificultades para su estudio, conservación y seguimiento.



